Tocaron a mi puerta, levanté el cuerpo del sillón, sacudí las migajas de mis ropas y me dirigí hacia ella. Observé por la mirilla, cuando supe de quien se trataba no hice más que temblar y respirar profundamente. Y es que uno nunca se espera una visita así, es decir, toda la vida eres adiestrado para enfrentar ese momento, sin embargo, cuando llega parece que todo lo aprendido se borra automáticamente.
Tomé el pañuelo que habita el bolsillo de mi camisa y limpié el sudor que, para los pocos segundos transcurridos tras la sorpresa, era demasiado. Comencé a pensar en lo que sucedería si abriera la puerta. Nunca cruzó mi mente, antes de encontrarme en esa posición tan complicada, la utilidad de la puerta como una división de espacios, como una protección ante lo que intenta entrar o salir de tu vida, como una suerte de aduana, de frontera.
Solté la perilla, dejándola visiblemente empañada pues mi mano la sujetaba desde que el ojo espío a la visita. Cerré los ojos, pensé en ir rápidamente a la cocina para beber un vaso con agua, di media vuelta y lo hice. Después de 4 ó 5 vasos me senté, tomé el salero con forma de gallina y comencé a echar sal en mi mano izquierda, tras verter una buena cantidad, lo dejé junto al pato que contenía la pimienta. Pasé varias minutos moviendo la sal de una mano a otra, mirando cada grano que viajaba de palma a palma, pensando si debía o no regresar a la puerta. Detuve mi juego, eché la sal a la mesa y tallé las manos, una contra otra para dejarlas libres de granos.
La empresa era ineludible, los goznes tenían que rechinar. El aire entraría, uniéndose traidoramente al repulsivo visitante. Me levanté pesadamente del asiento, sacudí los granos de mis ropas y coloqué la silla en su lugar, como se encontraban las demás, con el respaldo lo más cerca posible al filo de la mesa. Caminé hacia el frente de la casa y comencé a llorar, qué escena lastimosa, el patetismo me asquea todavía, pasados ya tantos años de aquel momento.
Llegué a la puerta y sabía que, de permitirme otro asomo por la mirilla, entonces sí me sería imposible abrirla. Tomé la perilla firmemente con la mano izquierda y con la derecha obstruí la ventana miniatura para evitar a toda costa registrar de nuevo el otro lado, y pensé en girarla para liberar al fin el obstáculo que me impedía confrontar al recién llegado. Antes de hacer el movimiento con la mano, pensé en ir por un poco de agua, solté el picaporte, di media vuelta y me dirigí a la cocina. Esta vez tomé al pato de la pimienta, descargué los granos en la mano derecha y comencé a contarlos.