Publicidad:
Terra
La Coctelera

¿ser dios es mejor que ser hombre?

 

 

Y es que estamos condenados, al menos en occidente, a reconocer en dios la cualidad intrínseca de un creador, sin entender que no necesariamente es así. Dios puede estar ahí, en forma infinita, sin principio o sin final, sin un origen o misión específicos. La realidad es superior a cualquier forma divina. Hay que dar cabida a la posibilidad de que las divinidades o seres superiores no son creadoras, no son dadoras de vida. La calidad de dios no es necesariamente mejor que la de hombre, el estar exento al paso del tiempo o a los límites no debe ser considerado como algo preferible a estar sujeto a dichos factores. Hay que pensar de pronto que lo divino es tan deseable como lo humano.

El suicida

 

 

El suicida no es más que un pobre optimista que huye de lo insoportable creyendo que encontrará una mejor situación.

 

 

La visita

Tocaron a mi puerta, levanté el cuerpo del sillón, sacudí las migajas de mis ropas y me dirigí hacia ella. Observé por la mirilla, cuando supe de quien se trataba no hice más que temblar y respirar profundamente. Y es que uno nunca se espera una visita así, es decir, toda la vida eres adiestrado para enfrentar ese momento, sin embargo, cuando llega parece que todo lo aprendido se borra automáticamente.

Tomé el pañuelo que habita el bolsillo de mi camisa y limpié el sudor que, para los pocos segundos transcurridos tras la sorpresa, era demasiado. Comencé a pensar en lo que sucedería si abriera la puerta. Nunca cruzó mi mente, antes de encontrarme en esa posición tan complicada, la utilidad de la puerta como una división de espacios, como una protección ante lo que intenta entrar o salir de tu vida, como una suerte de aduana, de frontera.

Solté la perilla, dejándola visiblemente empañada pues mi mano la sujetaba desde que el ojo espío a la visita. Cerré los ojos, pensé en ir rápidamente a la cocina para beber un vaso con agua, di media vuelta y lo hice. Después de 4 ó 5 vasos me senté, tomé el salero con forma de gallina y comencé a echar sal en mi mano izquierda, tras verter una buena cantidad, lo dejé junto al pato que contenía la pimienta. Pasé varias minutos moviendo la sal de una mano a otra, mirando cada grano que viajaba de palma a palma, pensando si debía o no regresar a la puerta. Detuve mi juego, eché la sal a la mesa y tallé las manos, una contra otra para dejarlas libres de granos.

La empresa era ineludible, los goznes tenían que rechinar. El aire entraría, uniéndose traidoramente al repulsivo visitante. Me levanté pesadamente del asiento, sacudí los granos de mis ropas y coloqué la silla en su lugar, como se encontraban las demás, con el respaldo lo más cerca posible al filo de la mesa. Caminé hacia el frente de la casa y comencé a llorar, qué escena lastimosa, el patetismo me asquea todavía, pasados ya tantos años de aquel momento.

Llegué a la puerta y sabía que, de permitirme otro asomo por la mirilla, entonces sí me sería imposible abrirla. Tomé la perilla firmemente con la mano izquierda y con la derecha obstruí la ventana miniatura para evitar a toda costa registrar de nuevo el otro lado, y pensé en girarla para liberar al fin el obstáculo que me impedía confrontar al recién llegado. Antes de hacer el movimiento con la mano, pensé en ir por un poco de agua, solté el picaporte, di media vuelta y me dirigí a la cocina. Esta vez tomé al pato de la pimienta, descargué los granos en la mano derecha y comencé a contarlos.

Fragmento

“Y estando en la cama, junto a ella, decidí que el matrimonio debía terminar. Miré al techo durante un par de horas por lo menos, después di vueltas, primero recostado del lado izquierdo, después del derecho, alternándolos en consternado vaivén. Tramando, ideando una forma en que pudiera evadir la penosa e incómoda conversación que traería como fin la separación de nuestras vidas.

En realidad no fueron muchas las estrategias que pasaron por mi mente, la conversación era ineludible, eso sí, no podía enviarle una carta, un correo electrónico, eso sería demasiado ruin, incluso tratándose de mí. No podría dejarle una nota en la cama después de irme al trabajo, estaría temeroso esperando que el teléfono sonara para escuchar su voz iracunda y llorosa del otro lado. Tampoco podía mandar una paloma con un pequeño rollo atado a la pata, uno en que pusiera un brevísimo texto explicativo, donde con 4 ó 5 palabras pudiera decir adiós, uno sentido y razonable.

Ella seguía dormida, ahí junto a mí, con la cara en dirección a la pared, dándome la espalda. De pronto giraba y posaba la mano sobre mi pierna, situación que me ponía a pensar más y más en el tema que habitaba la mente. Finalmente lo decidí, ese era el momento, debía realizar la empresa, dejar de lado las opciones timoratas  y ser un hombre, ser un hombre y aceptar que la vida es cuestión de lo que se hace y no lo que no se hace.

Fue entonces cuando me levanté, me levanté y coloqué mis ropas en el cuerpo, anudé mi corbata, até mis zapatos, abotoné mi camisa, todo esto sin despertarla claro está. Habiéndome arrojado algo de agua en rostro y cabello, y atomizado un poco de loción sobre el cuello, salí rumbo a mi casa para hablar con mi esposa”.

Giros

“Existió Auschwitz, por lo tanto no puede existir Dios”. Bueno, en realidad no hay mecanismo alguno para confirmar la presencia o ausencia de un dios. Sin embargo, el mensaje constante es que a la deidad le es indiferente el ser humano. Hay que sacar de la mente esta idea arbitraria del hombre como creación divina y, sobre todo, la de un dios amoroso.

Evolución

“Pues sí, caminando por la senda del hombre antagonista por excelencia, opino que el homínido superviviente posee un dios sádico o uno demasiado humano. Uno que actúa cuando es necesario y castiga sempiternamente por motivos que desconocemos. El error está en creer que, si acaso existe, significamos algo para él; esto de la imagen y semejanza suena a pura vanidad de los encarnados. Pero en fin, al parecer es necesario creer en algo, para no ser “como animales”… La historia con las sociedades va evolucionando, llegaremos entonces al momento en que no exista un poder mayor al humano, y vendrán las desgracias completas, ya que no habrá alguien para culpar por nuestros errores o agradecer por nuestros aciertos. Las consecuencias de nuestros actos serán simple y llanamente absorbidas por nuestras conciencias”.

La búsqueda

Como cada noche pregunto a la luna, si acaso te ha visto y como cada noche me dice que no. Sé muy bien que miente y los dos sonreímos, pues esa mentira me ayuda a seguir. Recuesto los hombros y espero a que el sueño, apague mi fuego al menos por hoy. Y por la mañana, abro la ventana y pregunto al sol si acaso te vio. El sonríe compasivo, sabiendo que miente me dice que no. Le digo, mi amigo, si acaso la miras dímelo por favor y contento el ladino responde que sí.

Y yo espero sentado como cada tarde, esperando que venga la luna para preguntar. Tras pasar muchas horas, todas en silencio, pensando si acaso la luna te vio, al fin llega el negro y llega mi amiga, corro y le pregunto si acaso te vio. Ella como siempre sonriente, me dice que esta noche pasó por tu casa y hoy sí te encontró. Me dice, mi amigo, he de confesarte que estaba tu dama, estaba en su casa observando el cielo y mire su rostro, estaba feliz. Te confieso además que no estaba sola, estaba con alguien y te juro mi amigo, pensé que eras tú. Le digo con la voz casi quebrada y sonriendo por ella que es tan feliz, no te preocupes amiga del alma, tal vez aquel hombre, tal vez era yo.

Amor de una vida

Probablemente el amor sea una fuerza incontenible, de esas a las que uno jamás escapa. Nunca he sabido si exista algo así como el amor de una vida, pero si ya lo conocí y lo perdí, creo que nunca me lo perdonaré. Ahora, si es que llegó a mi vida y nunca lo reconocí, entonces tal vez no es lo fantástico que todos dicen que es.